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¿Soy un fracasado?


Albert Einstein también fue niño, aunque sea difícil evitar la imagen clásica del viejito extravagante, despeinado, bigotón y sacando la lengua, en algún momento esa persona tuvo 5, 7, 10 años. Y como casi cualquier persona del planeta, tuvo maestros. Y como casi cualquier persona del planeta, tuvo maestros buenos y maestros malos.


Cuenta la leyenda que Einstein era un mal estudiante, eso es falso, una malinterpretación que se extendió en la memoria colectiva, lo que sí era cierto es que al joven Albert no le entusiasmaba la escuela. Se imaginarán que para una de las mentes mas brillantes del siglo, que acabaría convirtiéndose en el ícono de la física moderna (y sin vínculos con un pederasta (lo siento Stephen)) la escuela era lenta, aburrida, sosa. No existían retos.


Pero no fue un maestro del Luitpold Gymnasium (la escuela donde Einstein cursó sus años de educación básica) quien supo incentivar al genio en potencia para volverse físico, fue, en cambio, un amigo de la familia, el joven estudiante de medicina Max Talmey, de 21 años en ese momento, quien comenzó una relación informal de tutoría con Albert. Max, encontró a un niño de 10 años con gran interés y habilidad por la ciencia, de modo que empezó a acercarle libros de ciencias naturales y matemáticas que el infante consumía como si no existiera un mañana.


Max vio ese potencial. Cada fin de semana, en el almuerzo que se convirtió en una tradición para la familia Einstein y el joven Talmey, invitaba al niño a leer libros y resolver problemas, los cuales superaba con gran entusiasmo y, en cuanto podía, presumía a su maestro sus progresos y logros.


Cientos de páginas fueron consumidas por el pequeño tutelado y pronto superó a ese, su primer gran tutor. Llegó el punto en el que Max no podía explicarle ya nada de ciencia al joven Einstein y en su lugar entraron en el menos cuantitativo mundo de la filosofía, que abría un nuevo universo del cual discutir.


Fue una relación que duró 5 años pero que probablemente marcó profundamente tanto al estudiante como al maestro y, de paso, a la historia universal.


¿Hubiera existido la Teoría de la Relatividad sin Max Talmey? Tal vez, quién sabe. Pero de lo que podemos estar seguros es que en algún momento de la vida de cada genio destacado que ha pisado este planeta, hubo un tutor o tutora que lo incentivó a buscar más allá.


Max Talmey, 1890


Hace unas semanas una alumna me preguntó, con algo de pena: "¿Por qué... eres pobre?", tal vez con otras palabras y con el mayor tacto que una adolescente puede tener, pero ese era el mensaje principal. Me pareció gracioso y me sigue pareciendo gracioso porque, aunque efectivamente no soy ni medianamente rico, tampoco soy realmente pobre. Me parece que su pregunta iba más encaminada a externar una cierta admiración hacia mí al grado que le parecía ilógico saberme sin un Ferrari y una mansión. Además, el contexto de la plática podía permitirme ampliar la pregunta a una más específica que tal vez ella estaba pensando pero no supo expresar: "¿Por qué, si te dedicas a la robótica y si tus ex alumnos son tan exitosos económicamente hablando, tú no eres exitoso?"


Empecemos por la definición de "éxito". En nuestra época, en este mundo materialista, hiperindividualista y orientado al consumo, no podía esperarse una definición más vanal y superficial del éxito que la que, como sociedad, hemos construido. El exitoso es el que tiene más dinero, el que puede comprar más carros, el que puede pagar más ropa nueva. Esos futbolistas, influencers, youtubers resultan ser ejemplos a seguir más importantes que el doctor que estuvo en primera línea durante COVID, la maestra que da clases en un pueblo sumergido en la sierra o los voluntarios que están ayudando a los palestinos en el genocidio perpretado por Israel.


Bueno, esa no es, para mí, la definición de éxito.


Hubo un tiempo en que (probablemente porque siempre he sido un nerd) definía al éxito en función del conocimiento. El que sabe más es mejor. Pero ya hace mucho que dejé eso atrás pues termina siendo un "elitismo intelectualoide"; el conocimiento es tan vasto que es imposible creer si quiera que puede llegarse a dominar una pequeña partesita de ese inmenso universo y empezar a decir "es que yo sé mucho de esto" acaba denigrando otros tipos de conocimientos y aprendizajes. Así que, no.


¿Y entonces?


Hace tiempo, en el último párrafo de un post, escribí:

Ojalá el estándar de medición del éxito en nuestra sociedad no fuera el dinero y en su lugar lo fuera la influencia positiva que se tiene en la vida de las personas que te rodean. Los más exitosos serían esos maestros apasionados y todos moriríamos por estudiar para ser maestros.

Y aún lo pienso.


En pocas palabras: mi héroe no es Albert Einstein, es Max Talmey.


Mi historia personal me ha llevado a comprender que el espacio en el que mejor funciono y en donde me siento más cómodo es en donde hay alumnos con sed de conocimiento con quienes puedo compartir un viaje de descubrimientos, risas y emociones. A quienes puedo guiar en ese recorrido y esperar que sepan tomar las decisiones correctas para volverse personas felices que contribuyan a su comunidad.


También me he dado cuenta que son esos alumnos quienes me hacen recobrar las fuerzas y el ánimo, ya sea que esté deprimido o melancólico, estresado o triste, siempre llegará un alumno o alumna con un "Oye, ¿y si entrenamos para un concurso?" o un "Ten, te regalo una paleta" o simplemente un "Yo quiero hacer robots cuando sea grande".


Tal vez ustedes no lo saben, pero me han salvado tantas veces.



Jiro Ono y Barack Obama, 2014


Me encanta cómo se aborda en la cultura japonesa este concepto de encontrar nuestra "razón de ser", allá lo nombran "ikigai". Quiero destacar la historia de Jiro Ono, considerado uno de los mejores chefs de sushi del mundo, aunque ahora retirado a sus 98 años, se dice que su dedicación por la preparación del sushi la llevaba a grados de perfección muy altos. Cada mañana, ¡durante más de 80 años!, buscaba personalmente en el mercado local el pescado perfecto para preparar sus platillos, asegurándose que tendría el nivel de frescura y sabor necesarios para preparar el mejor sushi. A tal nivel llegó su misión de vida que el día que el presidente estadounidense Barack Obama visitó Japón, el lugar elegido para la comida fue el Sukiyabashi Jiro (el restaurante de Jiro).


¡80 años!


Y pensar que hoy nos cuesta imaginarnos dedicándole más de un par de años al trabajo en el que actualmente estamos.


Me gustaría llevar esa casi devoción a la educación, y más a la robótica educativa, pienso que ese es mi ikigai. Creo que podría dedicarme a ello toda la vida e ir mejorando poco a poco, como creo que lo he hecho desde hace 15 años. Si la riqueza económica llega en el camino, seré más que feliz, si no, bueno... tocará seguir explicando a mis alumnos porque soy pobre.


Y quién sabe, tal vez un día le de clases a un futuro empresario millonario con un gran cariño por su maestro de robótica de la infancia. O, tal vez a un futuro presidente. O, aún mejor, al próximo Max Talmey.



 
 
 

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Maestro, robotista y nerd. Me gusta crear proyectos, inventar formas para que la educación sea divertida y hacer robots. De repente filosofo mucho, de repente cuestiono todo, pero siempre buscando el bien común.

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Doy clases de tecnología para personas de todas las edades, también imparto conferencias, pláticas y talleres, doy capacitaciones sobre educación tecnológica y hasta arreglo robotsitos muertos.

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© 2022 por Roy Molina

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